nada que no haya pasado antes.

Episodio de la Fiebre Amarilla en Buenos Aires. Juan Manuel Blanes. 1871.

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«Nihil sub sole novum. Si de quadam re dicitur: “Ecce hoc novum est”, iam enim praecessit in saeculis, quae fuerunt ante nos» (Eclesiastés 1:9. Nova Vulgata)

«…No hay nada nuevo bajo el sol. Si algún listo te dice: “¡Mira có, que esto no lo conoces!” , tú respóndele “¡Eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron, gilipollas!“» (traducción libre)

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Será porque desde su primera comunión jamás habían vuelto a vivir nada intenso, que algunos parecen satisfechos ante esta experiencia histórica y jodida. Emiten grititos de horror alternados con espasmos de placer siguiendo las pautas sugeridas por la tele. Posiblemente sintiéndose protagonistas de “algo” por una vez, los más inofensivos se creen Will Smith, pero otros peores comparten en las redes sentencias que dejarían descolocado a Paulo Coelho, publican emoticonos llorando ante las noticias que hablan de ataúdes y auguran el fin de nuestro tiempo con una campanita, como el microondas.

Lo que nos sucede es grave —a la vista está— y tendrá terribles consecuencias, sobre todo para los peor posicionados en la “pole”. La crisis del COVID 19 nos hará perder la vida a unos y la fe a todos los demás. No éramos buena gente, es cierto, pero nos merecíamos un poco más de margen.

Pero aun así, al menos de momento, la del coronavirus no es comparable con otras epidemias y dramas sufridos por quienes nos precedieron. A más de uno su bisabuela le daría dos cachetes —y su bisabuelo directamente dos hostias— por atreverse a comparar el “sufrimiento” de verse confinado, sin cañas y sin fútbol, con el cólera de 1856, la gripe del 1918, las muchas hambrunas del pasado siglo o nuestra mismísima Guerra Civil.

Pensando en ellos es que he descargado el jpeg más grande que he encontrado del cuadro de Juan Manuel Blanes, para pegarlo aquí.

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Los hechos:

Parte policial que el Comisario Lisandro Suarez, correspondiente a la Seccional 14 de la ciudad de Buenos Aires, entrega a su jefe Enrique O´Gorman:

«Marzo 17 de 1871. Al Sr. Jefe de Policía: A la una de la madrugada de hoy, el sereno de la manzana 72, Manuel Dominguez, notó que la puerta de la calle Balcarce número 384 estaba abierta. En cumplimiento de su deber llamó y visto que no se le contestaba entró y encontró a una mujer muerta, con una criatura de pecho mamándole. Entonces éste recogió al niño y pasó palabra al ayudante, Don Jose María Saenz Peña, quién remitió al niño a ese departamento. En la mañana de hoy, el que firma fue a la indicada casa y encontró el cadáver tirado en el suelo, encima de un colchon. Según los informes que he podido conseguir esta mujer fue traída ayer en un carro a la citada casa. Dicen que se llama Ana Bristiani, italiana y que tiene su marido enfermo en la Boca del Riachuelo, pero que no saben donde. La casa en que ha fallecido esta mujer se halla abandonada, por tanto, tan pronto como se saque el cadáver, cerraré la puerta hasta tanto se presente el marido de ésta, para ponerlo en posesión de algunas cosas que hay, si bien de poco valor»

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La fiebre amarilla:

En 1869 Buenos Aires contaba con 177.787 habitantes. A pesar del respeto a su trazado fundacional, en dámero, había crecido de forma improvisada con el incremento de habitantes de las últimas décadas del XIX, siendo casi 90.000 los recién llegados (45.000 italianos y 14.000 españoles). Entre otras deficiencias no existía un sistema de abastecimiento de aguas salvo una tubería destinada en principio al enfriamiento de las locomotoras. La mayoría de la población se servía de pozos, y dado que también se carecía de una red de cloacas, en la capa freática los desechos vertidos contaminaban las napas.

En enero de 1871, allá pleno verano, tres personas fallecieron con idénticos síntomas en dos manzanas próximas entre sí del barrio de San Telmo. El día 7 de abril, a la sazón Viernes Santo, fallecieron en la capital 380 personas. El Sábado de Gloria los muertos fueron 430. Dos días después se alcanzó el pico de 563. En un alarde de insensibilidad burguesa el presidente Juan Domingo Sarmiento, junto a un grupo selecto de políticos, miembros de familias acomodadas y otros diversos hijos de la gran puta, abandonaron la ciudad en un tren preparado especialmente para ellos.

Al margen de las viviendas unifamiliares del centro y de las infraviviendas de los suburbios, gran parte de la población habitaba en conventillos, edificios con habitaciones abiertas a un patio común. Conforme el número de inmigrantes crecía las habitaciones se subdividían y realquilaban una y otra vez. Ni qué decir tiene que con escasas medidas higiénicas.

Deduciendo que los conventillos eran los principales focos de contagio las autoridades sanitarias se dispusieron a desalojarlos. Obviamente por la fuerza, en vista de que sus habitantes se mostraban reticentes a salir, conocedores de que lo único que poseían, ropas y enseres, serían quemados de inmediato. Sin embargo esos mismos responsables médicos eran conscientes de que las muertes también se producían en otros sectores de la ciudad, en especial en los arrabales próximos a la desembocadura del arroyo Riachuelo (La Boca), responsabilizando en este caso a sus aguas por estar muy contaminadas.

Y es que si bien las principales razones del contagio estaban en las malas condiciones habitacionales y en la ausencia de infraestructuras sanitarias, no fueron las aguas y la suciedad las que originaron la epidemia.

Diez años más tarde el cubano Finlay y Barrés descubrió que el agente de la “fiebre amarilla” era un mosquito, el “aedes aegypti”, una especie originaria de África que por entonces había colonizado algunas zonas de Brasil. Los barcos que traían pasajeros y mercancías de Europa solían recalar en Río de Janeiro antes de llegar al puerto de Buenos Aires.

A día de hoy la OMS asegura que el cabrón del “aedes aegypti” sigue matando a 25.000 personas cada año. Pocas de ellas son blancas, rubias y poseen Master Card, razón por la cual la mayoría de nosotros desconocemos el dato.

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El cuadro:

El artista Juan Manuel Blanes, uruguayo residente entonces en Argentina, recrea esta escena tomándose alguna licencia, como situar en ella a dos de los prohombres urbanos más implicados en la tragedia; el abogado Roque Pérez, quitándose el sombrero, y el doctor Manuel Argerich, con él en la mano. Ambos contagiados y fallecidos en los días posteriores al suceso relatado.

Tras descartar un boceto bastante más indigerible Blanes prefirió omitir el detalle del niño mamando de la madre muerta, a la que a pesar de la enfermedad reprodujo joven y bella. Emociona ver la taza y la cuchara junto al cuerpo, indicando que la mujer se había desplomado mientras ofrecía algún remedio a su marido, si bien es cierto que el cuerpo de éste, que en el cuadro yace sobre una cama entre las sombras, es otra de las licencias del autor, ya que en realidad nunca fue encontrado. Los ojos clarísimos del chaval, que en la narración pictórica parece ser quien halló el cadáver, son un indicativo de la pluralidad racial de la ciudad emergente.

El lienzo estuvo exhibido en el teatro Colón de Buenos Aires a finales de ese mismo año. No teniendo acceso a su exposición mas que una selecta nómina de bonaerenses. Desconozco la razón por la que cuando Juan Manuel Blanes regresó al Uruguay lo hizo llevándose su cuadro, que hoy pertenece a la colección del Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, a pesar de haber existido alguna reclamación desde Argentina.

fachavirus que atacan a la Humanidad.

Coronafacha

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Si los visigodos no la hubiesen quemado conservaría mi biblioteca y podría buscar al filósofo que dijo que el fascismo ya era una tendencia latente en la masa desde las cavernas, mucho antes del tragaldabas de Mussolini

La cita tal vez sea una gilipollez (me la acabo de inventar, así que ha de serlo), no obstante sería agradable pensar que la maldad acostumbra a residir en un selecto grupo de canallas porque ello nos dejaría al resto de la humanidad fuera de sospecha. Si de vez en cuando nos comportamos como unos fachas de mierda es debido a las circunstancias, pero como género somos en esencia majos.

Lo que sucede es que cuando sentimos miedo nuestra capacidad de racionalizar —esa lograda con el esfuerzo de milenios— deja de ser vital y pasa a ser un gadget. Con el susto en el cuerpo necesitamos de un poder divino o humano que nos proporcione un dogma. Pero que a poder ser sea un dogma “cortito”, de pocas páginas y con muchas estampas, que no nos obligue a dedicarle tiempo a su estudio y comprensión. Con que nos marque las pautas basta y sobra. De ahí en adelante, dependiendo de la intensidad del cangüelo, las segundas opiniones llegarán a ser calificadas como peligrosas y Descartes se convertirá en un subversivo.

No hay mas que ver las pelis de catástrofes. En ellas sólo hay un líder. El resto se salva haciendo todo lo que él dice. Si les persigue un tiranosaurio él grita “¡corred!”, y los otros corren. Si les atacan con rayos los alienígenas ordena “¡Poneos a cubierto!” y todos le obedecen. Menos un cabrón —que suele ser calvo y feo— que le lleva la contraria y pagará con la vida la desfachatez de tener un criterio propio. No sólo eso, es muy posible que en lo que queda de peli su señora le ponga los cuernos con el héroe.

Lo jodido es cuando las pautas marcadas por ese líder suponen una pérdida en tu calidad de vida. Llegado ese punto tal vez dudes, pero si eres un correcto cobarde dudarás en silencio a la espera de que alguien dude en voz alta. Entonces el fascismo acudirá en tu rescate y la duda que te atormentaba se disipará cuando seas testigo de cómo la población cuelga de un pino al disidente que tuvo la osadía de preguntar eso mismo que tú te estabas preguntando.

Por norma general —entiéndase bien este concepto— el COVID 19 parece ser muy o bastante letal para aquella parte de la población que padece dificultades respiratorias, sean debidas a la avanzada edad o a patologías particulares.

Por norma general —entiéndase bien este concepto— en el resto de la población el COVID 19 parece ser que provoca síntomas similares a una gripe de caballo que remite tras unas semanas muy incómodas y desagradables.

Es como una avispa, que si me pica a mí me duele mogollón pero si pica a un alérgico puede dejarlo en coma.

El Gobierno es sabedor de que a causa de alguna malfunción, solucionable, en España hay más avispas que camas en las UCI.

Aun así nosotros llevábamos ventaja porque nuestra Sanidad Pública está entre las más eficientes del mundo. Hemos pues de suponer que tiene localizados a la totalidad de esos ciudadanos vulnerables, que como es lógico hacen uso de sus servicios con mayor frecuencia que el resto.

Quien suscribe no hizo la FP de ministro, razón por la cual llegado este momento se tiene que callar, pero eso no quita para que me pregunte por qué, dado que estábamos en sobreaviso, esa población de riesgo no fue tutelada desde el minuto cero, previendo para ellos una personalizada protección, facilitándoles las pruebas, la medicación, los papeleos, los cuidados, los controles, la compra semanal y hasta el periódico.

Las autoridades, tanto las de mi aldea como las del reino, las del imperio y las planetarias, podrían llevar ya semanas centradas en esos ciudadanos con peores papeletas. No puedo evitar pensar —perdón por ello— que los descomunales medios empleados en mantener el estado de sitio hubiesen dado mejores resultados así enfocados. A mi madre le encantaría tener en la puerta a un sargento de la UME. Le sacaría bizcocho casero.

Los medios de comunicación, por su parte, han tratado la noticia de la llegada del virus como si fuese la de un meteorito a punto de impactar en Valdespartera.

Nos han informado, es cierto, pero predisponiéndonos a una muerte segura, como cuando siendo niños nos avisaban respecto a meter los dedos en los enchufes. La foto de un féretro en un pasillo impresiona, y si en lugar de uno son cinco impresiona mucho más. Si la misma imagen se emite cinco veces y acompañada por cinco textos diferentes impresionará veinticinco veces a pesar de ser la misma.

Tampoco soy digno del carné de periodista, pero igual me atreveré a opinar que si tanto interés tenían las grandes cadenas en educarnos podrían haberlo hecho mediante decenas de espacios llevados exclusivamente por científicos y no por sus “opinadores” de plantilla. Un coloquio entre catedráticos, premios nobel y directores de laboratorio hubiesen sido jodidamente aburrido, pero sus conclusiones más fiables que las vertidas por los eruditos de “Salvame banana”.

Personalmente me hubiese gustado que Pedro Piqueras en cuenta de abrir el telediario con música de miedo y cifras espantosas lo hiciese contándonos en qué punto están los investigadores que buscan la vacuna. No me parece que la línea editorial del “estamos cayendo como moscas” responda a las necesidades de la crisis. Y tampoco creo que sea imprescindible “colmar” el informativo de coronavirus metiéndole a presión escenas policiales, anécdotas y frikadas.

Los reporteros podrían hablar más despacio, o tomar Orfidal. No hace falta enfatizarlo todo. Son periodistas (creo) y no personajes del Rey Lear. Vale con que se pongan cursis y saquen varias veces a la niña autista de Fuenlabrada que toca “resistiré” con el ukelele, eso aún podemos soportarlo durante un par de semanas, pero los aires de institutriz prusiana de Mamen Mendizábal comienzan a hastiar.

Por cierto, los cuadros con las cifras de fallecidos se nos quedan grabados enseguida. No es necesario repetirlos catorce veces en cada informativo.

En otro orden de cosas, dado que los mayores no dominan Netlix, navegan “malamente” por Youtube y no siguen a demasiados influencers, y en vista de que hasta que escampe no les va a quedar otro remedio que prescindir del paseo y la partidica de guiñote, sería un detalle precioso por parte de las cadenas rediseñar su programación y emitir otra más acorde. Positiva, sobre todo.

A mi padre le gusta mucho Paloma San Basilio.

Ahí lo dejo.

Los contrarios a las ayudas sociales y los riesgos de la deriva continental.

pijos groenlandia

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A mi vecino del 5º, el de la camisa de Ralph Lauren, los 15 segundos que tarda el ascensor le bastan para recordarme que todo lo que tiene procede únicamente de su trabajo como comercial de escobillas de WC.

Me asegura que nunca percibió ningún tipo de subsidio y jura por el cenicero de su Lexus que a él jamás nadie le facilitó nada, que esa es la razón por la que le molesta que a otros sí se lo faciliten. Argumenta que si llegada una inundación se proporcionase a todo dios chalecos salvavidas, aparte de ser ruinoso para el Estado iría contra la selección natural.

Como él hay bastantes a quienes cualquier propuesta de igualar la sociedad les sienta como un plato de espaguetis por la noche. Para ellos la prosperidad llega sólo si cada cual se queda en su sitio; los jodidos, jodidos.

No soy quién para dudar del arduo peregrinaje de mi vecino cayéndole goterones de sudor sobre los mocasines color burdeos. Y me sobra elegancia para no recordar al susodicho que vive en el mismo piso que vivieron sus padres, que toda nuestra urbanización es de VPO y que si lleva a sus hijos a ese colegio es merced a la educación concertada. Mucho menos habré de mentarle los cuatro meses de hospitalización y los cientos de miles de pesetas que costó a la sanidad pública aquél adelantamiento indebido que hizo con el Hyundai cupé, cuando fue preciso desempotrarle del camión de reparto de Panrico.

Pero aunque obviemos el enorme gasto que para la comunidad y para el MOPU supuso su piñazo, en lo que respecta al origen de su fortuna el susodicho omite una puntual coyuntura que le proporcionó viento de popa; el óbito de su abuela Sisenanda, un detallazo por parte de la anciana dado que acaeció justo cuando el mercado inmobiliario estaba en su mejor momento.

Cualquiera medianamente rodado sabe que de todo hay en esta inconmensurable botica. Que sin llegar al extremo de ser un Álvarez de Toledo ciertos conciudadanos viven en montes en los que el orégano, aunque no ocupe el 100%, abunda muchísimo.

España se ha convertido en un gran país de propietarios. Debido a defunciones, herencias y escaleras de color muchos compatriotas terminan siendo dueños de segundas, terceras y hasta cuartas viviendas y son castigados por el estrés que supone rentabilizarlas. Algo espantoso. En el caso del piso de la pobre Sisenanda hubo suerte. Fue alquilado a una familia ecuatoriana por 500€ al mes, sin declarar a Hacienda ni invertir en él ni un duro. Y eso que la difunta aún conservaba la cocina de cuando se casó en 1940. Sus otros bienes; la casa de Leciñena, los frutales, el huerto y la balsa se convirtieron en cifras que los deudos aceptaron haciendo un enorme sacrificio y por respeto a la finada.

Algo similar sucedió tras la dolorosa pérdida del tío Ceferino, hijo solterón de la anterior que al desaparecer su fuente de avituallamiento sucumbió sesenta días más tarde y quien además del piso de Zaragoza, con plaza de garaje, dejó en el pueblo la cosechadora, el tractor, cinco hanegadas de tierra y la mitad del casoplón familiar que le correspondía por la legítima, en cuya falsa encontraron un boceto de Pradilla y un baúl donde guardaba una colección de sellos de Ifni, un sable de la guerra de Cuba y un zapato firmado por Sara Montiel, lote por el que a sus herederos les dieron treinta mil euros extra. Que tampoco aparecen en declaración alguna.

La Fortuna se reparte de forma irregular. Como a ella le pasa por el chirri. Así que no, por favor —y me dirijo a cualquiera de los sobrinos de Ceferino el fetichista—, no nos cuenten que “lo que tienen lo han conseguido trabajando”. Tal arenga puede serles útil si un hijo adolescente se niega a completar la ESO, pero no pretendan vendernos a los adultos esa Vespino a fin de maquillar su insolidaridad.

Que las moralejas del capitalismo son escopetas de feria lo constatan millones de ancianos honestos que tras haberse deslomado durante años sobreviven con lo mínimo. Por no hablar de los autónomos que se rompieron la espalda siendo “emprendedores” y aun así se jubilaron debiéndole al banco los riñones y el ojo izquierdo, porque el derecho se lo embargaron en la crisis del 2008.

Del lado opuesto tenemos a esos personajes que cayeron de pie, el día más oportuno del año en el empleo más cómodo y con el mejor sueldo. También a los recomendados. ¿Cómo se llamaba, cari, aquel que hizo la mili contigo y luego te enchufó? Muy majo él. Al final no hizo falta que se la chupase. ¿Que tú sí? Y seríamos injustos si olvidásemos a quienes hace décadas aprobaron una oposición y con el mucho driblar consiguieron situarse en el despacho con mejores vistas. Y sabe Dios, señora o señor funcionario, que no sugiero que no se lo ganase y continúe ganando. Lo que digo —y no me lo puede negar— es que desde que tomó posesión de su plaza, allá por en el siglo XX, ha visto hundirse los barcos de muchos paisanos sin que a usted se le humedeciesen los calcetines.

En la vida hay millones de circunstancias. Tan diferentes como las narices, por aludir a un órgano visible. Son las circunstancias las que colocan a cada persona sobre un determinado metro cuadrado, que puede ser de moqueta, de tarima o de terrazo, pero también de pedregullo y caer en medio de un descampado donde arrea el cierzo. Esa es la razón de ser de las ayudas sociales, sus organismos y los trabajadores que las gestionan, el cierzo.

Los triunfadores como mi vecino suelen pasar por alto el que el planeta sigue formándose y es inestable. No pueden descartar —y esto sí es ciencia— el que la plataforma continental al desplazarse les haga una putada y acaben en pelotas acampados sobre un glaciar de Groenlandia.

De cualquier manera, quien porfíe en ser un individualista de mierda que se quede con la perra gorda y no lea esto. ¿Qué ya lo ha leído? Lo siento. Debí de avisarle en la primera línea. Como si fuese un relato pornográfico.

Me refiero a quien está convencido/a de que él/ella es cojonudo/a, y que dado que ha trabajado más y mejor que el resto se merece lo que tiene y el triple. Si de eso se trata a los tres Lexus, a los tres apartamentos y a las tres fuera borda añado de mi cuenta un equipo de submarinista y un arpón  con el que joderle la vida a un pulpo, ahora que vista su actitud seguramente ya se la ha jodido a otros.

Que esa o ese papanatas continué pensando que el primo Javi se quedó en paro a los 50 porque es un inútil. Que insista en que una mujer apaleada debe regresar con su marido y arreglar las cosas, no pretender que los demás le paguemos el alquiler.

Que sin soltar la copa de Magno defienda su tesis de que lo lógico es que los inmigrantes, ya que todavía no han hecho nada por España, no reciban nada de ella hasta la tercera generación, apoyándose en que no van a sufrir porque en su país folgaban y parían en una chabola. Y allí no sólo llovía más sino que encima había cocodrilos.

Y cuando pueda, tatúeselo, de forma que los demás podamos reconocerle y ahorrarle los sermones. Póngase en letras grandes en la frente: “El que no tenga abuela, que se joda”.

No existe el moustruo del lago Ness. La “ideología de género” tampoco.

No existe el moustruo del lago Ness. La ideología de género tampoco.

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Lo dice el DRAE, además gratis, un género es un conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes.

Responderá Don Máximo Cazurro que en ese caso las mujeres, todas ellas, son un género al ser “seres” con caracteres comunes. Pero no. Don Máximo Cazurro desconoce que mujeres y hombres; españoles y rifeños, gerundenses, bosquimanos, eslavos, escoceses y nipones, pertenecemos todos al mismo género, el humano. Si hablamos de género masculino y femenino es en función de la gramática, un arte especialmente delicado del idioma castellano que nos permite armonizar nombres y pronombres dependiendo del sexo de los aludidos; ellas, ellos, estrellas, soles, el mar, la mar, los ríos, las rías…

Por su parte una “ideología” es un conjunto de ideas, básico. Y aunque sea arriesgado asegurarlo se supone que todos debemos tener algo parecido. Aunque sea un conjunto de tres.

Se le podría llamar conciencia. Saber que tú eres tú y que piensas sin el auxilio de una conexión USB. Un privilegio del que los protozoos, por citar a un colectivo al azar, no disfrutan. Cuando un protozoo se mira en un espejo no tiene ni puta idea de a quién está viendo. Si le preguntas su opinión acerca de alguna cosa complicada el protozoo balbucea, se acojona y vota a la extrema derecha.

Ello no quita para que dos personas tomando café en la misma mesa puedan decidir bilateralmente que de ahí en adelante van a pensar exactamente lo mismo sobre algo muy concreto. Por ejemplo, Don Máximo Cazurro y yo quedamos en los Espumosos y decidimos que de ahí en adelante opinaremos que los monopatines eléctricos son una maldición. Este esquema de pensamiento común en la práctica raras veces funciona, pues siempre cabe la posibilidad de que un minuto después de despedirnos a Don Máximo Cazurro le regalen un monopatín, herede un monopatín o le sonría una chica guapa a bordo de un monopatín, circunstancias todas que le llevarán a alterar aquella opinión que de los monopatines tenía mientras conversaba conmigo.

Por eso no creo en ideologías comunes salvo que sean muy, muy, muy pero que muy comunes. Por no decir vulgares. Es imposible que nuestro género comparta una ideología. No hay dos mujeres, ni dos hombres, ni una mujer y un hombre, ni tres hombres y dos mujeres, ni tres mujeres y dos hombres, etc, que piensen de idéntico modo en idénticas circunstancias.

A lo sumo los partidos políticos a  se rigen por un decálogo que al igual que el de Moisés enumera propuestas específicas a dilemas específicos, a veces con una basicidad irritante. Ante la cuestión de si se puede desear a la mujer del prójimo la respuesta de Moisés es tajante. No, ni hablar. No obstante el decálogo no detalla cómo actuar si la mujer del prójimo baja en albornoz a ducharse en tu casa porque en la suya el calentador está averiado. Moisés se desentiende con la praxis. Apáñatelas, te dice, pero cumple mi precepto o te joderé. Los mandamientos pues no pasan de ser frases sacadas de contexto. Y desde luego no son ideologías.

Y así es como llego adonde quería llegar.

Ciertos imbéciles pretenden hacernos creer que existen cosas que no existen.

Según Don Máximo Cazurro “las feministas” pretenden extender su pensamiento a todas las mujeres. Opina que éstas forman un grupo monolítico, tendente a la violencia y de ideas calcadas. Da igual que sean las feministas búlgaras o filipinas, del ámbito rural o del neoyorquino. De ahí que los medios nos acostumbren a frases del tipo: “las feministas se oponen a”, compactándolas en un único ladrillo y despersonalizándolas.

Además Cazurro y sus adeptos aseguran que esa supuesta “ideología de género” ha sido inspirada por mujeres resentidas, rara vez fecundadas y por lo común feas, cuyo objetivo vital es perjudicar a los hombres.

Al tal efecto suelen citar, por espantoso, el caso de esa mujer de Salamanca a la que habiéndole su marido solicitado el divorcio, antes que firmar los papeles optó por degollarlo en presencia de sus propios hijos.

O el del pescatero del Eroski a quien su esposa sorprendió recortándose ligeramente las puntas del bigote y acusándole de coquetear con la jefa de sección dejó en coma de una paliza. Al día siguiente la charcutera aseguró a los medios que el agredido gozaba llamando la atención de las clientas vistiendo corbatas provocativas.

Mencionan barbaridades como la sucedida en las fiestas de Pelarzos de Don Munio, cuando una docena de chicas menores de 20 años se llevaron a un chaval del pueblo vecino a un descampado, donde en el asiento de atrás del Golf le obligaron a sobarles la tetas, además de a practicarles cunnilingus y penetraciones anales a todas ellas antes de abandonarle drogado y desnudo en el arcén de una carretera comarcal.

O conductas deleznables, sobradamente denunciadas en las redes; señoras cuarentonas que se hacen pasar por menores aficionados del Real Madrid a fin de entablar amistad con chavalines a quienes después chantajean forzándoles a grabarse mostrando el pene, así como el hecho de que en todas las redadas contra la pornografía infantil la mayoría de las detenciones son practicadas a mujeres cuyas edades oscilan entre los 30 y los 75 años, muchas de ellas madres de familia y profesionales de éxito.

Añaden la evidencia de que las políticas pro-femeninas no sólo inducen a estas conductas delictivas sino que también conllevan descaradas desigualdades. A nadie nos son ajenos despropósitos como el de que Juanita cobre cien euros más que Juanito a pesar de que tanto él como ella reponen el mismo número de yogures.

Contra todas estas injusticias, todas consecuencia de esa “ideología de género” feminista y discriminatoria, propone movilizarse Don Máximo Cazurro en defensa de los logros adquiridos por esta secular sociedad hasta ayer sólo gestionada por hombres, de tan amable frágil ante la presión de las hordas de feministas veinteañeras vestidas de violeta. Jóvenes inflexibles y hurañas al extremo de molestarse incluso cuando por empatizar con ellas un desconocido les toca el culo.

Más crimenes tras los siete minutos de publicidad

Crimenes y dramas tras siete minutos para la publicidad

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Ésto fue un lunes. Únicamente se nos dijo: “Denunciada en Valdepicio la desaparición de una joven de 26 años”. Y un mapita para que el locutor y nosotros ubicásemos Valdepicio.

A lo largo del martes la frase empleada, obvia y repetida fue “Continúa la búsqueda con amplio despliegue policial”, acompañada ahora de la fotografía de la chica, aunque no la foto aséptica que pudo extraerse del carné de la universidad sino otra obtenida en Facebook en la que la muchacha aparecía sonriente celebrando su 25 cumpleaños.

Ante la incómoda falta de novedades el miércoles hubieron de echar mano del lema: “En el caso de la joven desaparecida la Guardia Civil no descarta ninguna hipótesis”, lo cual es una gran estupidez de la cual se podría entender como plausible el que la muchacha hubiese sido devorada por cocodrilos. No fue hasta el jueves cuando a primera y mala hora se comunicó: “Hallado un cuerpo desnudo y con evidentes signos de violencia”. Idéntica frase se reiteró decenas de veces en titulares, bajadas, entradillas, texto y pies de imagen a fin de que a los espectadores nos quedase definitivamente claro en qué estado había sido hallado el cuerpo y nos esmerásemos en el desempeño de nuestra labor de espectadores.

Así llegamos al sábado, cuando a trompicones y contradiciéndose algunos medios hicieron saber: “Detenido un sospechoso que en estos momentos está siendo interrogado por agentes de la UCO. Se trata al parecer de un vecino muy conocido en la comarca por ser entrenador del Sporting Valdepicio”. Ese mismo mediodía en el curso de una conexión en directo se nos informó que el pueblo de Valdepicio en su totalidad se había concentrado ante las puertas del cuartel de la Guardia Civil profiriendo gritos en los que se exigían que les fuese entregado el detenido. El caso fue obviado durante todo el domingo sin que otras novedades pudiesen opacar el estreno de “La Voz Mira quién …..”. A cambio la madrugada del lunes llegó con la siguiente primicia: “El sospechoso se derrumba y confiesa el crimen”.

Si el objetivo se limitase a informar esto podría haberse hecho de un tirón, reservándose hasta el momento oportuno para proporcionarle un micrófono al portavoz de la Guardia Civil. Pero los medios no parecen tener por mandato la aclaración del suceso sino la producción en serie de subproductos y un soez manoseo de datos que justifiquen las colaboraciones de los expertos televisivos. Hasta la apoteosis de un especial que reunirá en exclusiva las revelaciones de los once jugadores y el utillero del Sporting Valdepicio.

Al ciudadano le llega la información hecha jirones, que son expuestos de forma inmediata en las redes con la confianza de que los radicales aporten color al espectáculo haciendo radicales comentarios. Monopolizando la indignación. Unos comentarios que jamás se filtran aunque su contendido derive hacia lo salvaje. Con frecuencia arrancan en elucubraciones acerca de la víctima pero terminan en el aire acondicionado del apartamento de Echenique.

En realidad tales respuestas viscerales, cual una erupción cutánea, son el resultado de la mala dosificación de la noticia, de su posología incorrecta. Del modo de procesar la información, como esparciéndola, de forma que el drama rente más. Con un resultado irregular, como cuando intentas partir una aspirina con un cuchillo y se deshace.

El sufrimiento real, los bofetones, los desgarros y las puñaladas en el abdomen apenas se mencionan. La asesinada sirve de excusa para obviar la mediocridad vital de una parte de los espectadores cuya existencia va poco más allá de su sofá.

Son, además de los que más vocean, los más prestos a aparecer en esa manifestación “espontánea” que exige latigazos y penas perennes. Pero se cansan pronto, se desentienden y vuelven a repantingarse viendo en Sálvame cómo una ex modelo adolescente se humilla ante las cámaras porque acaba de ser abandonada por un zoquete con la espalda más ancha que el criterio.

Es posible que deban cumplirse en su totalidad las condenas. Que deban ser estas más largas. O que sea imprescindible aumentar la calidad de los controles. Cabe incluso que en algunos casos haya que considerar imposible la reinserción. Todas estas son cosas que supongo, pero sólo supongo, pues al contrario que esa buena parte de “opinadores” lo ignoro casi todo sobre psicología criminal y regímenes carcelarios.

A cambio afirmo que si existen crímenes sexuales es porque la sociedad no los descarta del todo.

Toda sociedad repudia a quien practica determinadas cosas que a la mayoría repugnan. Por ejemplo, en España no comemos perros ni monos. Así pues, si algunos hombres incapaces de comerse un foxterrier son capaces de golpear a una mujer y estando ella sangrando penetrarla por la fuerza, es porque saben que en cierto sentido su conducta es —o ha sido hasta hace muy poco— culturalmente admisible.