Cuando Mari Pepa llegó a vivir a la corrala Atenedoro quedó encandilado y dejó de lado a su novia formal, razón por la que Felipe le recrimina:
¿Vas a encontrar, aunque busques
con un aparato “elétrico”,
la finura de remos que tié tu novia,
ni mata como su mata de pelo?
En 1897, año en el que se ambienta la zarzuela, la electricidad, incorporada de a poco a la industria, de uso obligado en los teatros y presente ya en el alumbrado de algunas calles, era aún ajena al pueblo llano, de modo que Felipe, castizo pero consciente de los avances su época, hace uso del concepto atribuyéndole poderes extraordinarios que le supone.
En la práctica, pocas veces los nuevos inventos van precedidos de una didáctica que los haga comprensibles a la plebe. El marketing jamás tuvo vocación de docente, al contrario, parecería convenirle que las novedades rocen el orden de lo sagrado a sabiendas de que la capacidad de seducción de los publicistas obliga tanto al vulgo como a los ilustrados a comprar. Sucederá cuando, avanzada la segunda mitad del siguiente siglo, irrumpa el adjetivo “electrónico” y valiéndose de eslóganes del tipo, “con sólo apretar un botón” convierta en altamirianos a los ingenios simplemente “eléctricos”.
Pocas décadas más tarde, quizá fuese la malsonancia del término “computadora” lo que obligó a sus padrinos a rebautizarlas en España. Cierto es que “ordenador” no era un sustantivo menos abstracto, pero su vaguedad no fue un obstáculo. La “informática”, palabra más inconcreta si cabe, enseguida útil para la administración, tardaría algo más en manifestar sus practicidad al ciudadano común, atrapado por promesas tan fabulosas como que en breve el ordenador te haría la compra o te subiría y bajaría las persianas, obviándose los agentes mecánicos imprescindibles para ello. Quienes habíamos crecido con “los Supersónicos” de Hanna-Barbera esperamos en vano que de la computadora saliesen unos brazos.
Nos quedaba aún mucho por ver. Con el siglo XX en su lecho de muerte y de nuevo sin previa pedagogía el mundo pasó a ser “digital”. Con un par, nunca mejor dicho. Según se le informó al individuo, ser analógico era ser defectuoso en esencia. Lo serían de ahí en adelante los discos de Gardel, las fotografías de Kappa, el reloj de la Puerta del Sol y las tres horas y pico de “Lo que el viento se llevó”. Lejos de ofendernos, agradecimos el esfuerzo a los medios que en grandes campañas glosaron las ventajas de la digitalización. Así, Telefónica nos aseguró que era un adelanto irreversible el que para llamar a casa de nuestra tía Chon, que vivía dos calles más abajo, tuviésemos que añadir tres números a los seis que antes marcábamos. Únicamente los muy cerriles no sabrían valorar la ventaja de que para telefonear a Tomelloso ya no iba a ser necesario conocer antes el prefijo de Ciudad Real, y todo merced a la tecnología digital.
Obnubilados aún, concluimos el siglo y estrenamos el corriente sin sospechar que el mayor quizá de los neologismos nos esperaba agazapado.
La expresión “inteligencia artificial” es nacida de la cópula de dos palabras viejas que ni se quieren ni se desean. Semejantes a un matrimonio del Opus, follan sólo para procrear. Tiene poco o nada que ver con la belleza plástica de HAL 9000, aunque millones de cuñados corroboren que Kubrick fue un adelantado. Será en lo único que Kubrick acertó de su puta película.
De momento, los mejores comunicadores del orbe echan mano del invento, apabullándonos, pero dado que la mayoría de ellos sobrevuelan apenas su definición, dejando al potencial usuario en un océano de dudas, a falta de mejores descripciones un servidor lo intentará resumir para quien ose leerme en dos frases cortas:
La IA no existe. La IA somos nosotros.
La IA es lo mismo que IKEA, donde el propio cliente es quien se informa de las bondades de la estantería VÄLJUM, quien la busca en el almacén, se hernia subiéndola a un carro, la empuja hasta las cajas para pagarla, se dirige después al parquin a fin de cargarla en el coche, viéndose para ello en la obligación de desnudar a su suegra y a sus tres hijos y untarlos de jabón. Finalmente, por fin en casa, es igualmente la clienta o cliente quien desembala el artículo, destrozando en el forcejeo la pecera y un payaso de cerámica recuerdo de Valencia, para a continuación montar el mueble sin más auxilio que los tres tubos de Flogoprofen que necesitará en los días sucesivos.
Nosotros le dijimos a la IA qué cosa es una reclamación previa y en qué términos debía dirigirse a un presidente, bien de comunidad autónoma, bien de la APA de Salesianos. Fuimos nosotros quienes le conjugamos el verbo “posponer” en catalán, turco y bable. Gracias a nuestra gestión la IA tuvo acceso al fichero de socios de la Real, por lo que sin nuestra participación no sería capaz de calcular qué porcentaje de donostiarras son alopécicos y realizar un estudio de mercado para una firma de chapelas.
Igualmente, de no haberla asesorado antes la IA sería incapaz de confeccionar un powerpoint con el proceso de fabricación de una ensaimada e ilustrarlo con las fotos de la cala de Mallorca que subió a las redes una pava para contarle a sus amigas dónde se zumbó al neerlandés. Y ya que estamos, de no ser por la sexóloga argentina que compartió el esquema de su propia vagina, la IA no tendría puñetera idea de cómo realizar un cunnilingus. Y ni aun así lo sabe.
En otro orden, fuimos también quienes en páginas sobre legislación linkamos a todas las sentencias habidas en los últimos sesenta años por cerramientos ilegales de balcones. Nosotros fuimos los que recitamos los versos de Gamoneda en un portal de Internet, quienes transcribimos letra a letra el Estatuto de Gernika, los libros de instrucciones de las roomba y las tórridas cartas de la Pardo Bazán a Pérez Galdós, del mismo modo que en una web de viajes pormenorizamos los kilometrajes por carretera que separan a las veintiún provincias de Mongolia, datos de los que ahora la IA se vale para crear una Excel que facilite su trabajo a un importador de lo que recojones produzca Mongolia.
Sin la información por nosotros aportada, la IA siquiera sabría que el perro de San Roque no tiene rabo.
Tal vez dentro de alguna década, aprovechando la simpleza de un puñado de mediocres que queriendo o sin querer se lo cuenten todo a cambio de una palmadita en las nalgas, la IA nos consiga robar los millones de ideas que hemos ido acumulando, desde el rojo de las columnas de Cnosos al Chanel rosa de Jackie Kennedy pasando por los zapatos granates de Tony Manero.
Únicamente así el engendro asimilaría una pequeña parte de los formalismos, prejuicios, ironías y maldades que nos convierten en humanos. Sólo entonces, y para eso, repito, falta mucho, la IA se aproximaría, siempre de lejos, a la capacidad de creación del más imbécil de nosotros.




